
Porque después de todo siempre viene una sonrisa…
We’re smothered by images, words and sounds that have no right to exist, coming from, and bound for, nothingness.
Could you walk out on everything and start all over again? Could you choose one single thing, and be faithful to it? Could you make it the one thing that gives your life meaning… just because you believe in it? Could you do that?
Our true mission is try to come to the light.
La vida es una autosugestión, especialmente en épocas de crisis. De otro modo, sería imposible soportarla.
“La notte” es tal vez la mejor película de la trilogía de Antonioni sobre la incomunicación humana. Lidia y Giovanni, interpretados extraordinariamente por Jeanne Moreau y Marcello Mastroianni, conforman una pareja casada, sin hijos, insatisfecha, aunque tanto ella como él aparentemente no lo demuestren. Giovanni es escritor. A diferencia de otros papeles de Mastroianni, en La notte representa a un hombre de carácter débil, proclive a la infidelidad e inconsciente, extrañamente, de su crisis personal. En esta como en la mayoría de sus películas, Antonioni dota a algunos de sus personajes masculinos con un carácter secundario en la vida de cada una de sus protagonistas.
Lidia, por el contrario, es consciente desde el primer momento de la situación que atraviesa. En su rostro sólo se percibe dolor. Dolor por lo que fue y por lo que no. Dolor por la forma en la que cada uno de los acontecimientos la llevaron al lugar en el que está: diminuta entre rascacielos, encerrada en un laberinto de cemento que son los edificios de una ciudad moderna, metáfora clara de su aislamiento y agobio existencial, en el que soporta una vida llena de paradojas y contradicciones.
Este es un juego de contraposición, que gira en torno a la incapacidad de la comunicación. Dos personas, dos mundos, dos historias en una misma historia que se supone es compartida. El hombre que sólo ve lo superficial y la mujer que lo observa todo. Hasta cómo un objeto se puede convertir en una opresión gigante, pero que al mismo tiempo no se puede dejar de contemplar. El tiempo transcurre de lo nuevo y “revolucionario”, a lo viejo y añorado del pasado.
Aquí el tiempo es ausencia. Los verdaderos pensamientos casi nunca son plenamente revelados. Así, somos espectadores de la incapacidad de las personas de aprehender en aquello que observan lo que constituye su hálito intrínseco de vida. Lidia representa, entonces, la reacción a la opresión de la vida misma. De alguna manera cambia “el mundo” y por fin lo hace suyo, ansiosa por asirse a algo real aún cuando todo lo demás se desvanezca.
Porque el tiempo lo destruye todo. Porque el tiempo lo revela todo. Lo mejor y lo peor.
Desde hace algunos años el cine me ha ayudado a comprender el paso del tiempo en mí. Ese comprender no ha significado negar todo lo que sucede. En cambio, me ha permitido analizar y soportar conscientemente la carga que los acontecimientos me han legado sin, por otra parte, negar su existencia o inclinarme humildemente ante su peso.
Ha sido a través de las tragedias de Truffaut y de las agonías del proceso creativo de Fellini como he encontrado cosas dignas de atención en lo aparentemente banal, hasta tal punto que cuando la simplicidad y cotidianidad de la vida me estremecen se me llega a ocurrir que todo cuanto sucede, puede no ser tan banal, puede no ser una nada menospreciable a la que todo el mundo se habitúa y de la que ya no vale la pena hablar. Y creo que es ahora cuando quiero hablar.
Lo que voy a escribir aquí no es más que una expresión au fond absolutamente escueta de lo que me hacen pensar, y más aún, sentir, cada una de las películas que traeré a la memoria. Alguna vez leí por ahí que el encanto del cine radica en ese “encontrarse a uno mismo” en la historia que se cuenta. Y es precisamente eso lo que quiero dejar aquí, todas esas historias según mi historia, según mi filtro. No por nada le he dado el nombre de nuit américaine.